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AMA A TU ENEMIGO

43 « Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.

44 Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan,

45 para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.

46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?

47 Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles?

48 Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mt. 5, 43-48)

De nuevo, nos trae aquí Jesús el mandato antiguo, aquel que está como impreso naturalmente en nuestra alma: “ama a tu hermano y aborrece a tu enemigo”. Y, Jesús, nos habla de una nueva ley que, ha aprendido de junto a su Padre- Dios, en el cielo: “ama a tu enemigo”. De momento, este mandato nos paraliza porque,nos parece que tenemos muchas trabas para que esto se dé en nosotros.

Pero, ante nuestros desconciertos, miramos a Jesús y nos preguntamos: ¿cómo hizo Él en su vida? Y, lo sabemos bien: “Padre, perdónalos porque, no sabe lo que hacen”. No sólo perdonó a los que lo mataban,sino que, los disculpó. Y, San Pedro, aprendió bien esta enseñanza de Jesús pues, cuando hablaba a los judíos, después de que Jesús había resucitado les decía: “vosotros, matasteis al autor de la vida y pedisteis el indulto de un asesino. Pero yo sé que, lo hicisteis por ignorancia, lo mismo que vuestras autoridades”. En verdad, uno conscientemente, no puede destruir lo que busca por instinto en toda su vida: el amor, la paz, la vida eterna. Porque, nadie quiere morir, ser aniquilado en su ser, si no, perpetuar su persona, eternamente.Pero, si lo que nos rodea es la ignorancia y el pecado, entonces, somos capaces de destruir lo que más queremos.

Por esto, el amar al “enemigo” y hacerle el bien, es amar al máximo desgraciado, al pobre por antonomasia. Al que es incapaz de salir de sus errores, si no lo ayudan e ilumina una fuerza que viene de lo alto. Y, lo vemos en “el buen ladrón”. Él, era capaz de las más inauditas fechorías, mas, cuando la misericordia deJesús lo rodeo con su luz, en un instante, pasó de ser un bandido a ser un santo, que, reconocía sus horribles pecados, pero, en este vacío existencial, supo, por gracia, extender los brazos de su deseo hacia el Cuerpo de Cristo y con gran audacia pedirle: “¡Señor, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino!”.

Por tanto, “orar por los que nos persiguen”, es estar haciendo violencia al cielo para que, el malo se convierta, por la gracia de Dios, a la bondad y al amor. Pero, mientras, cuando recibimos de ellos persecución y maldad, estemos dispuestos, como Jesús, a soportar sus daños sabiendo además que, la paciencia en el sufrir es bendecida por Dios, como bendijo la obediencia de su Hijo que, cargó con nuestros pecados y “en su Pasión, no profería amenazas, sino que, se ponía, con una gran humildad, en manos del que juzga justamente”.

Y con esto, Dios nos reconocerá como hijos porque tendremos en nuestro rostro y en el corazón, los rasgos y semejanza de su Hijo Amado: Jesús, curaba a todos, malos y buenos; perdonaba a todos y aún se adelantaba con el perdón para provocarlo en los pecadores; amaba a todos porque, todos eran criaturas de Dios. Y, su semejanza, los acompañaba toda su vida. A nadie excluyó, ni aún a los que lo negaron y le fueron infieles. Y es que, “Dios es fiel y no puede negarse a Sí mismo”. Él, ama, porque es el Amor y nada puede hacerle descender de su bondad y omnipotencia.

¡Con estas premisas, busquemos con fe la gracia y, lancémonos, orando, a “amar a los que nos odian”! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!

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