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¡CORAZÓN DE JESÚS, EN TI CONFÍO!

31 Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado - porque aquel sábado era muy solemne - rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran.

32 Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él.
33 Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas,
34 sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.
35 El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis.
36 Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno.
37 Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. (Jn. 19, 31-39)

¡Qué fuerza tiene el Corazón de Jesús, es una fuente inagotable de gracia! ¡Quién lo invoca con estas palabras: “¡Corazón de Jesús, en ti confío!”, sabe de lo que estoy hablando!... ¡Cuántos beneficios no ha arrancado a los que así han rezado, no una vez sino muchas!... Todo esto, no lo digo sólo yo, sino que muchos santos han hablado de la ternura y cariño que Jesús derrama en los que ponen sólo en Él toda su confianza... Y la primera de las gracias que experimenta el que le mira y acude tanto a Él, es una cercanía y presencia tan viva, que es como si estuviera siempre a nuestro lado…¡Y esta compañía es dulcísima, porque ya sólo con pronunciar en el corazón el Nombre Jesús, está y no se sabe cómo ni dónde, ¡pero se percibe que nos rodea y que es todo nuestro y nosotros todo suyo!... ¡Qué gran suavidad y amor reserva Jesús a los que quieren entregárselo, con toda su pobreza y debilidad, porque también es Hermano Mayor y Padre de los desvalidos!... ¡Nuestra miseria acogida y entregada derrite su Corazón, que está deseando entrar en el nuestro!... ¡Éste es el Corazón de Jesús!...

Ya el salmista, y eso que no había conocido a Jesús, pero si algo de su amor, cantaba: “¡Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles y concedes a los que a ti se acogen, a la vista de todos… En el asilo de tu presencia los escondes... Los ocultas en tu Tabernáculo” ...

Juan, el joven evangelista, fue testigo, el más cualificado, de este amor que derrama de continuo el Corazón de Jesús: Éste mismo, le concedió, en la Última Cena, apoyar su cabeza sobre su pecho y no un breve instante, sino el tiempo suficiente para quedar contagiado y abrasado de amor y de fidelidad… ¡Así, Juan no conoció los titubeos de las negaciones de Pedro!... Aunque la misericordia y el Amor del Corazón de Jesús le devolvió a la fidelidad, ya sin fisuras... Y es que Jesús rogó por Pedro… Y su oración es la voluntad de Dios: “Yo he rezado por ti, Pedro, para que tu fe no se apague”... “Y no sólo eso, sino que esta fe que yo te concedo, va a confirmar en mi amor y seguimiento a tus hermanos”... El Corazón de Jesús está siempre abierto para interceder ante el Padre por todos los hombres... Desde que la lanza le abrió en la cruz su Costado, ya nunca más se ha cerrado esta Llaga: “el agua”, símbolo del Bautismo, y “la Sangre”, que es la Eucaristía, nos acompañan siempre y esto, hasta el fin de los siglos: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”... Él, que nos creó sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nuestro consentimiento a su Amor. ¡Y en estas “tablas divinas de salvación”, nos está de continúo rescatando y atrayéndonos a su Corazón...! Qué gran ternura y caridad, que Jesús, ¡aún después de muerto, nos dejó ver las entrañas de su Corazón, que arde en Amor por nosotros!…

¡Así, digamos sin cansarnos: “Corazón de Jesús, confío en Ti”... ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!...
¡Esta plegaria le es muy grata y siempre es escuchada!...

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Tercera etapa: Rincón para Orar

Tercera etapa: Rincón para Orar

De la mano de la gracia de Dios, que es poderosa para salvar, instruir, y dar sabiduría, comienzo esta nueva “tercera etapa de rincón para orar”, al empezar un nuevo año litúrgico, con el Adviento.

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