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JESÚS SE ENTREGA A NOSOTROS, POR AMOR, DOMINGO DE RAMOS

1 Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, 

2 diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. 

3 Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» 

4 Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: 

5 Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. 

6 Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: 

7 trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. 

8 La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. 

9 Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» 

10 Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. «¿Quién es éste?» decían. 

11 Y la gente decía: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.» (Mt. 21, 1-11)

 

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Único para que todo el que cree en ÉI, tenga vida eterna”. Dios nos lo dio todo: a su Hijo Único en quien se complace. No tenía nada mejor para mostrarnos cuánto nos amaba y qué precio tan alto pagó para que, de una vez por todas, creamos en su amor que, por ser infinito, es divino. Si nos hubiera dado algo de menor valor, quizás lo habríamos creído porque el hombre camina por la vida muchas veces en los mínimos porque no se ama ni valora como lo que es: una criatura de Dios y hasta un hijo de Dios. 

Y llega Jesús al final de su itinerario en la tierra. Y en este momento, no rehusó el homenaje de toda su vida por los pobres, por tantos como había curado y consolado. Son los pobres los que aclamaron a Cristo al entrar en Jerusalén, como fueron los pobres pastores los que lo adoraron el día de su nacimiento. Siempre ellos son los preferidos de Jesús. Y al entrar en Jerusalén, antes de la Pascua, se deja hacer por ellos. Le ponen a sus pies los mantos y los ramos porque para ellos, esto es una gran fiesta para “¡el Hijo de David, el que viene en Nombre del Señor, su Enviado, el gran Profeta que esperaban!”. Y los gritos son de:“¡Hosanna en las alturas, al hijo de Dios!”, como muchos de los curados lo confesaron a boca llena.

Este reconocimiento tan abierto asustó a toda Jerusalén y más a las clases dirigentes que le pedían al Maestro que hiciera callar a las multitudes. Y Jesús les aseguró: “¡si ellos no lo hacen, gritarían las piedras!”. Mas éste es el último triunfo de Jesús, pues a partir de entonces comienza el descenso al silencio y a todas las intrigas y tramas de su Pasión. Y es que, esta misma gente sencilla que hoy le aclamaba a voces, instigada frenéticamente por los judíos dignatarios, el Viernes Santo le pedirán con el mismo frenesí a Pilato: “¡¡crucifícalo,crucifícalo!!”.

¿Cómo es posible en el corazón del hombre semejante cambió? Es que el hombre en su situación herida es capaz de lo mejor y de lo peor. Pero así no hizo Dios al hombre en los orígenes de su Creación. Entonces, el hombre se paseaba con Dios por el jardín de Edén. No podía pecar,estaba unificado por quien es la Unidad y el Ser Impecable. Y ya sabemos la historia: el Maligno, Satanás, tentó al primer hombre y éste no pasó la prueba: quiso ser Dios y el Señor lo expulsó de su intimidad.¡No nos extrañe ver en la Pasión de Cristo al hombre dividido en sí mismo y presa de crueldades inconfesables! ¿No vemos que era necesario un Salvador de esta situación tan calamitosa? Y Dios tuvo compasión de nosotros y envió a Jesús, su Hijo, que, como Hombre, lesocultó su divinidad y murió en una Cruz, como un malhechor.

Este amor incomprensible de Dios por nosotros, nos hace, en este Día,caer de rodillas y solo preferir un ¡¡gracias!!, muy hondo y sentido. ¡Ten misericordia de nosotros, Jesús, Hijo de Dios, que ¡somos pecadores!¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!

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ESCUCHAR A LA PALABRA ES DAR EL CIENTO POR UNO

ESCUCHAR A LA PALABRA ES DAR EL CIENTO POR UNO

1 Y otra vez se puso a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar.  

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