EN LA MUERTE DE LÁZARO, EL HIJO DE DIOS, SE HA GLORIFICADO
3 Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.»
4 Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
6 Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.
7 Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea.»
a despertarle.»
17 Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.
20 Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa.
21 Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
22 Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
23 Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará.»
24 Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.»
25 Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»
33 Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó
34 y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le responden: «Señor, ven y lo verás.»
35 Jesús se echó a llorar.
36 Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería.»
37 Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?»
38 Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra.
39 Dice Jesús: «Quitad la piedra.» Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día.»
40 Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»
41 Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado.
42 Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.»
43 Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!»
44 Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar.»
45 Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él. (J. 11, 3-7.17. 20-26.33-45)
¡Qué Evangelio tan consolador para nuestra fe, que, si se halla un poco aletargada, resucitará con la fuerza de la Palabra de Dios! Ya aquí se palpa con todos los sentidos que esta Palabra de Dios es eterna: “mis Palabras no pasarán”. Y no pasarán porque se cumplen siempre.
Todo el relato de la resurrección de Lázaro nos tiene leyendo despacio en un suspense de admiración y atención amorosa y muy activa.
Desde el principio, Jesús nos asegura que Él es la Resurrección y la Vida. ¿Qué otra cosa puede desear un cristiano, que ser sumergido en el río caudaloso de la Vida, nosotros que estamos cegados y entenebrecidos por la muerte de nuestros pecados?
Lázaro es el paradigma del hombre nuevo una vez que le desataron las vendas y todo aquello que oprimía su ser, ya fue resucitado por Jesús. Y Lázaro se transformó en el hombre que desnudo de todo lo que había sido su vida anterior, se acercaba a Jesús, suplicando morir a esta vida caduca de la que Jesús lo sacó.
Esta resurrección, a los ojos de todos, después de cuatro días de “oler mal”, fue un signo precioso para los que titubeaban en su fe. Pero las hermanas de Lázaro necesitaban dar su último paso en la confesión de la divinidad de Jesús. Y Jesús las provocó a ello: “¿Creéis esto?”, “¡Sí, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios!” Y les valió el sellar su amistad con Jesús que pide a los amadores que crean que Él. Él, al ser la Vida, nos va a resucitar a todos a la vida eterna.
Sí, nuestros cuerpos no morirán para siempre. Sí, este es el deseo primigenio que llevamos impreso desde el día de nuestro nacimiento. ¿Por qué pues entristecerse por la muerte de nuestros seres queridos?. La fe nos asegura, en la Palabra de Dios: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Este es el regalo precioso, el más grande que Dios podía conceder a sus hijos adoptivos. Porque, es en la Resurrección de Cristo donde viviremos por toda la eternidad, en ÉI y con ÉI y para ÉI.
¡Señor, “que no quede frustrada nuestra esperanza”! Que oigamos en nuestro corazón, el grito de nuestro deseo que recibe a su vez el grito de Cristo: “ ¡Lázaro, sal afuera, entra ya limpio de todo lo que te impedía la comunión conmigo”, un amor que no defrauda y sí colma nuestras esperanzas! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!





