¡EXTIENDE LA MANO!
1 Entró de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada.
2 Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle.
3 Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio.»
4 Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?» Pero ellos callaban.
5 Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano.» El la extendió y quedó restablecida su mano.
6 En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarle. (Mc. 3, 1-6)
Al leer esta Palabra de Jesús, sanadora, resuena en mi mente el texto de la Palabra de Dios en el Génesis, en que Eva, la primera mujer, extendió la mano hacia el fruto prohibido por Dios y comió de él, desobedeciendo el mandato de su Creador... Parece como que Jesús con este acto milagroso, quisiera restaurar y borrar este primer pecado: ¿no ha venido el Señor a limpiar y sanar lo que estaba perdido?: así es...
Cuando Dios creó la primera pareja en un exceso de su amor, “los hizo a su imagen y semejanza”, es decir, ¡bellísimos! “Pero entró el pecado en el mundo y con él la muerte”, que es horrible. Así estaba el hombre en el mundo antes de la venida de Cristo. El nos redimió del pecado y de la muerte, devolviendo a nuestra carne su primitiva belleza...
En este hombre que estaba en la sinagoga, entró la enfermedad y hasta la muerte de su mano por la parálisis. Y Jesús, con su Palabra divina: “¡Extiende la mano!”, le devolvió la vida, que es su movimiento, para poder hacer las obras de Dios con ella...
Y nosotros, ¿usamos nuestras manos, siempre, para hacer las obras de Dios?: En este pasaje, se nos invita a mirar nuestras manos, a meditar sobre ellas... Porque Jesús nos las hizo instrumentos de misericordia: “da de comer al hambriento, da de beber al sediento, viste al desnudo”... y: “lo que hicisteis a uno de éstos, mis humildes hermanos, a mí me lo habéis hecho”...
Todas estas obras con nuestras manos están por encima de todo culto a Dios, aunque sea cantar sus alabanzas o celebrar la liturgia. Pues ¿no es la misericordia, el mayor culto que Dios reclama de nuestras manos: “Quiero misericordia y no sacrificios”?...
“Los fariseos y los herodianos se confabularon contra Jesús porque hacía estas cosas en sábado”, el Día de Yahvé que, estaba cargado por ellos de cientos de prescripciones, pero de ninguna gota de misericordia y amor hacia el pobre… Por esto, Jesús les declara que “su culto a Dios está vacío”...
¡Qué el Señor nos conceda un corazón compasivo hacia los sufrimientos de los necesitados: ellos sí que necesitan nuestras manos llenas de ternura y cariño, porque de la abundancia de nuestro corazón rezuma el amor en nuestros labios y en nuestras manos!...
¡Qué así se haga en nosotros, por gracia de Dios, que es benevolencia en nuestras vidas!... ¡Amén, Amen!…