¿SABÍAS QUE…

… EN LA PRIMERA VISITA OFICIAL, DOMINGO FUE ACUSADO POR SUS PROPIAS MONJAS?

Pues sí. Después de todas las lágrimas, penalidades y sudores que hemos pasado para sacar adelante a las chicas, ¡¡van y nos salen con esas!! Sucias traidoras… Hace falta ser desagradecidas para llegar a tanto… En fin, veamos cómo sucedieron las cosas.

Una soleada mañana, la tranquila rutina de Prulla saltó, una vez más, por los aires (los pobres labriegos, a estas alturas, ya estaban casi acostumbrados a los sobresaltos…).

Una extraña silueta se dibujó en el horizonte. Un hombre se acercaba cabalgando. Detrás, una pequeña comitiva. Y, en el pueblo, el revuelo (ya habitual) con los consabidos corrillos en los que se cruzaban todo tipo de preguntas. Esta vez, ¿quién rábanos podía ser?

Uno de los muchachos, distinguiendo al visitante, echó a correr dando voces, buscando a Domingo. Y es que era… ¡¡Diego!! ¡¡Su obispo había vuelto, tal y como lo había prometido!! Imagina el abrazo de los dos amigos…

El viejo obispo venía todo feliz, “con ciertos dineros de Castilla”, dispuesto a dar un empujoncito económico a la misión de Domingo. Pero el empujoncito casi se lo tuvieron que dar a él para reanimarle cuando descubrió que, aquella misión que dejó siendo simple idea… ¡¡estaba ya viento en popa a toda vela!! El convento femenino en marcha, tres sacerdotes acompañando a Domingo, ¡¡y un montón de laicos dispuestos a colaborar!! El anciano se frotaba los ojos, sin poder salir de su asombro, ante las risas ahogadas de los vecinos…

Domingo le dio unas palmaditas en el hombro y le invitó a acercarse a ver las “instalaciones”. Con la impresión que llevaba encima, el pobre Diego iba detrás cual manso cordero, sin saber si todo aquello era un sueño o una alucinación…

Visitaron la iglesia y Domingo le enseñó cómo avanzaban las obras del convento: la casa para los hombres aún no era más que unas cuantas piedras a modo de cimientos, pero la zona femenina estaba casi terminada. Y, hablando de eso… ¡¡había que ir a visitar a las chicas!!

Domingo tocó alegremente la campana del monasterio. En menos de lo que canta un gallo, todas las monjas estaban reunidas en el locutorio. Diligentes y obedientes, sí… pero también muertitas de curiosidad por conocer al que tanto había ayudado a su Padre…

Nuestro buen amigo se encargó de las presentaciones… para después, muy cortésmente, decirles que les dejaba a solas, para que pudiesen charlar con libertad.

Y se fue.

Craso error.

Las monjas esperaron en silencio mientras Domingo cerraba la puerta. En ese instante, Diego pensó que igual eran tímidas… y se dispuso a hacer las preguntas protocolarias que empleaba en sus visitas a los monasterios. El pobrecito no sabía con quién se estaba jugando las castañas.

En ese segundo de silencio, en realidad, las chicas estaban tomando aire, preparando su ofensiva. Un instante más tarde, el anciano obispo se sintió completamente bombardeado.

Guillermina, como priora, rompió el hielo. Empezó señalando que estaban “ligeramente” preocupadas por Domingo… y aquello fue como lanzar una cerilla a un montón de pólvora. Ni una sola de las hermanas se quedó en silencio:

Que no se cuidaba nada en absoluto, y, si seguía así, pronto iba a enfermar.

Que rezar está muy bien, pero que le habían pillado pasando noches enteras en oración. Y sabían que incluso cuando estaba fuera mantenía esa costumbre.

Que no descansaba entre viaje y viaje.

Que trabajaba demasiado.

Que habían descubierto que, gran parte de su comida, se la metía en los bolsillos para repartirla luego a los pobres.

Que, tras una gran predicación en la que muchos se convirtieron, trajo un poco de vino, pero, para que llegase para todos (monjas incluidas), él, disimuladamente, se sirvió agua en su vaso de barro.

Que los cátaros estaban furiosos con él, que cualquier día le mandarían al otro barrio… Que hacía poco, en plena plaza de la ciudad, un perfecto le había escupido en la cara. ¡Ah! Y unos jovenzuelos desvergonzados habían intentado prenderle fuego en la capa raída que llevaba… ¡¡y aun así no había forma de que viajase acompañado!! Más aún, ¡¡salió desarmado al encuentro de un sicario!!

Que ellas no hacían más que rezar y rezar, pero que no ganaban para disgustos con ese hombre: no descansaban hasta comprobar que había vuelto a casa… y de una sola pieza, claro.

Comenzaron intentando mantener la calma y el turno de palabra… pero se fueron acelerando, quitándose el turno unas a otras, añadiendo detalles, matices, aspectos… para terminar con esa frase, tan sumamente maternal:

-¡¡Dígale algo, que a nosotras no nos hace caso!!

***

Cuando el bueno de don Diego salió del locutorio, encontró en la puerta del convento a Guillermo, que le estaba esperando pacientemente. Domingo estaba dando una charlita a los niños en una casa cercana.

El obispo asintió, dispuesto a continuar con tan inusual visita pastoral… pero Guillermo vio claramente que cogía aire, como intentando recomponerse. El tímido de los hermanos Claret, que generalmente se encargaba de atender a las chicas, no necesitaba muchas palabras para imaginar lo que podía haber ocurrido.

-¿Todo bien? -preguntó amable, con una sonrisa.

-¿Son siempre así? -dijo Diego, casi a modo de desahogo.

Guillermo soltó una sonora carcajada.

-Uy, y ahora las pilla Vuestra Reverencia de lo más suavizadas -comentó, poniéndole la mano en el hombro- Tenía que haberlas visto cuando aún no estaba construido el convento…

En el rostro de Diego apareció una sonrisa desenfadada. Comenzaba a sospechar que la fuerza y vitalidad de aquellas mujeres tenían mucho que ver con el rapidísimo crecimiento del proyecto de Domingo…

PARA ORAR
-¿Sabías que… nada de lo que haces pasa desapercibido?

Ciertamente, nuestras queridas hermanas prepararon una lluvia de acusaciones contra Domingo pero, en realidad, lo que manifestaban era que… ¡¡le querían un montón!! Vamos, que estaban pendientes de cada uno de sus movimientos. Ya dijo el Señor que, al que le siguiera, le daría el ciento por uno. En el caso de Domingo, en cuanto a madres y hermanas, igual se le fue un poco la mano…

Pero sí, esto es lo que hace el amor: estar pendiente del otro. Y es lo que Cristo hace contigo. Te ama tanto, que ninguno de tus gestos, por pequeño que sea, le pasa desapercibido.

Tal vez quienes viven a tu alrededor no se den cuenta de ese esfuerzo que haces, de esa palabra que dices para alegrar a otros, de ese silencio conciliador… pero hay Alguien que no deja de mirarte con infinito cariño, y a quien, cada vez que apuestas por amar, aunque sea en lo más pequeño, le dibujas una enorme sonrisa.

VIVE DE CRISTO

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